Leído en la revista “Literarte”, me complace hacer eco de un artículo de Boris Bilenca, autor habitual de la citada revista que recomiendo leer por su amable contenido libre de la vulgaridad de los face y twit que pululan por la redes.

Vendo sueños…

¡No podía creerlo!, caminando por la calle me quedé sorprendido al leer el contenido del enorme letrero comercial, cuya iluminación Led intermitente anunciaba en mayúsculas la venta de sueños, y en letras pequeñas dirección y teléfono.
Estando cerca, me dirigí sin pensarlo al remitente, como un niño atraído poderosamente por una golosina. Al dar vuelta la esquina, en una calle tranquila con poco tráfico busqué
la dirección referida, y al encontrarla me di de bruces con un pequeño y calvo hombrecillo parado en la puerta de entrada.
Nos miramos fijamente, y al cabo de pocos segundos atiné a balbucear la pregunta de si
estaba en la dirección correcta, a lo que me contestó afirmativamente, al mismo tiempo
que me hacía pasar a un estrecho y oscuro corredor al final del cual abrió la puerta del
local intensamente iluminado por una lámpara de techo, que girando velozmente
arrojaba haces de luces con efectos sorprendentes.
El hombrecillo se ubicó detrás del mostrador preguntándome el motivo de mi visita, a lo
que yo un tanto intimidado le contesté que quería comprar un sueño. Frunció el ceño
ante mi respuesta, aclarando en su alocución, que había una infinidad de sueños, cortos,
largos, en series, alegres, tristes, horríficos, en fin, interminables en cantidad y variedad.
Me quedé mirándolo anonadado hasta que al final me decidí por una pesadilla, que
cuando se lo mencioné abrió los ojos desmesuradamente, preguntándome si era para mí,
a lo que enseguida contesté que no era tan masoquista como parecía, si no para
regalárselo a alguien.
Insistiendo en la pregunta para quien era, le dije que era para mi jefe, que muy pedante,
pensaba que todos sus subalternos eran ignorantes, y que él era el único ser inteligente.
Me preguntó si quería una pesadilla de esas que matan al que las sueña, o algo más
inofensivo, a lo que contesté que mi intención era asustarlo un poco, para bajarle los
humos.
Al mismo tiempo que me preguntaba fue llenando un formulario del pedido, aboné y
recibí la copia con los detalles pertinentes del mismo, que recibiría en mi domicilio en una
semana. Les puedo asegurar que nunca viví con tanta ansiedad esa semana de espera.
Por un lado los remordimientos, por otro mis deseos personales de venganza, de hacerle
pagar a mi jefe por tantos años de mal trato y abuso de autoridad bullían en mi mente,
impidiéndome relajarme. Un timbrazo rompió el silencio de la calurosa siesta. Al abrir la
puerta un mensajero me tendió el paquete con una mano, y con la otra el recibo para que
se lo firme, marchándose rápidamente.

Abrí el paquete con impaciencia y una pequeña caja de regalos, bellamente adornada,
relucía por su austeridad. En una nota que la acompañaba decía que al abrirla, se
desprendería una fragancia inefable que actuaría sobre la persona a la que estaba
destinada, produciendo el efecto deseado.
Esa misma noche estaba invitado por la dirección de la empresa en que trabajaba, a un
restaurante de moda para festejarle a mi jefe su onomástico. No faltó nadie, no sé si por
miedo a la reacción del jefe, que tenía una poderosa memoria visual, fotografiando a todos los presentes con su fría y calculadora mirada.

A los postres y después de halagatorios ehipócritas discursos destinados al referido, éste agradeció efusivamente, impresionado por tan solemne y espontáneo acto dedicado a su persona. Ya solo en su departamento de soltero, perdón, corrijo, divorciado, no obstante estar bajo el efecto de tanto alcohol y
delicias consumidas, tuvo mi jefe tiempo para apreciar sus regalos. Cuando le llegó el turno al mío, al abrir la caja, un aroma irresistible lo tumbó en la cama e inmediatamente se durmió.

Comenzó a soñar, estaba desnudo y a su lado, Elsa, su hermosa y provocadora secretaria
lo estaba acariciando como solo ella sabía hacerlo. Estimulado por sus caricias, y cuando
Elsa besándolo con fruición se acercaba a su sexo a punto de explotar, abrió los ojos
horrorizándose de lo que veía: Elsa con los ojos llenos de sangre, entreabrió sus labios, y
unos colmillos enormes amenazaban con morder su miembro sexual. Que espanto!, quiso
gritar y no pudo, estaba amordazado, quiso saltar y no pudo, unas fuertes ligaduras lo
ataban a la cama. El pánico lo consumía, su corazón palpitaba como el de un corcel
desbocado, y una voz de ultratumba le decía: “esta pesadilla puede convertirse en
realidad si no cambias tu proceder en la vida, y sobretodo con tus semejantes y
subordinados, te lo repito y te lo advierto por última vez”.
Mi jefe se despertó sobresaltado, en su frente gruesas gotas de sudor y sus pupilas
dilatadas reflejaban la inhumana tortura a la que había estado sometido.
Automáticamente se palpó el miembro totalmente flácido por el miedo inhibitorio,
cerciorándose de su integridad, y exhalando un suspiro largo y penoso por lo acaecido
permaneció largas horas cavilando sobre el mensaje de esa terrible pesadilla, hasta que
finalmente agotado se durmió estremecido.
En la oficina todo marchaba rutinariamente sin mayores altibajos, hasta un buen día en
que ví asomar la sonrisa en el rostro del personal, e incluso el guardia de seguridad me
saludó cordialmente, cosa extraordinaria. Incluso yo mismo recibí un ascenso inesperado
y calificaciones excelentes de mi jefe, por mi contribución al progreso de la empresa.
Nadie sabía el motivo de tantos cambios positivos en la actitud de mi jefe. Solo yo intuía
que mi regalo había influido en su proceder.
Moraleja: Una pesadilla puede ser un buen remedio.
Boris Bilenca