La oclocracia

 

De acuerdo al DRAE, en su 22ª edición, la oclocracia es el gobierno de la muchedumbre o de la plebe. En la filosofía y la política, Aristóteles, en la antigua Grecia, consideraba que la oclocracia era el gobierno de los demagogos en nombre de la muchedumbre y, por tanto, una degradación de la democracia.

 A lo largo de los siglos, la oclocracia se ha hecho realidad en todas partes del mundo, particularmente en Occidente, desde la vieja Atenas hasta nuestros días, pues así como en las distintas sociedades se han dado otras formas de gobierno como la aristocracia, la democracia, la monarquía, y la tiranía, la oclocracia ha ocupado entre ellas un papel preponderante al constituir una forma degenerativa de la democracia, confirmando la anacyclose o teoría cíclica de la sucesión de los sistemas políticos, desarrollada 200 a.C. por el historiador griego Polibio.

 Para que la oclocracia funcione, se requieren dos elementos, sin los cuales no es posible: La muchedumbre y el oclócrata.

 La muchedumbre, calificada como masa por Ortega y Gasset, es aquel sector de la sociedad que, sumido en la ignorancia, se mueve por sentimientos elementales y emociones irracionales.

 Se distingue del pueblo, que es el cuerpo social conformado por los ciudadanos conscientes de su situación y de sus necesidades, con una voluntad formada y preparada para la toma de decisiones y para ejercer de forma plena su poder de legitimación.

 El oclócrata se presenta como el caudillo carismático, dotado de la capacidad intuitiva de adaptar materiales simbólicos a las necesidades de la muchedumbre haciéndole ver que va a satisfacer sus más inmediatas vindicaciones para, de esa forma, mantener la adhesión de ese sector social, hundido en la ignorancia y el abatimiento y que, ante la manipulación del oclócrata, se vuelca hacia éste con fe ciega.

 Es el reflejo de profetas, hechiceros, árbitros, guías de cacería o caudillos militares, considerándosele en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas, en fin, un emisario divino.

 La muchedumbre da vida al oclócrata, ese personaje que vuelca todos sus esfuerzos publicitarios hacia aquélla, apelando a los sentimientos más burdos y elementales para legitimarse en el mando y alcanzar sus propios y particulares objetivos, teniendo poco -o nada- en cuenta los intereses reales de la sociedad pues su único objetivo es la conquista y mantenimiento del poder.

 La muchedumbre se rinde y siente que, a través del oclócrata, ejerce el poder y cree que su propia situación personal mejora aunque esté hundiéndose en la más profunda de las miserias, pero jamás pierde la esperanza.

 Sus limitaciones culturales, sociales, económicas y de toda especie le impiden ver la realidad y queda a merced de ese sujeto que la controla mientras disfruta de su poder.

 En el desarrollo de su política, el oclócrata dirige su objetivo a la conquista y al mantenimiento de su poder personal o de grupo, haciendo uso de la demagogia y recurriendo a emociones irracionales mediante estrategias como la promoción de discriminaciones, de fanatismos y de sentimientos nacionalistas exacerbados; el fomento de los miedos y de inquietudes; el uso de verbo encendido o vulgar, o una repetida retórica generalmente soez y plena de descalificaciones a todos sus opositores, con miras al control absoluto de la muchedumbre.

Arbitrariedad

En ejercicio del poder, el oclócrata asume el control de los poderes públicos porque la autoridad reposa en él y da rienda suelta a la arbitrariedad mediante actos destinados a la apropiación de los medios así como el control de las instituciones educativas, a fin de aplicar un proceso de desinformación y tergiversación de cualquier afirmación que le sea contraria.

 La expropiación de la propiedad privada y la confiscación forman parte de sus armas favoritas para asumir el control de lo que se denominan empresas básicas y empresas distribuidoras de bienes de primera necesidad e, incluso, sirve para amenazar a todo aquel que sea propietario.

 La reforma agraria siempre está presente en los planes del oclócrata, y los dueños de tierras destinadas a la agricultura o la ganadería resultan expropiados o confiscados, y acusados sus propietarios de mantener ociosas sus propiedades. La defensa de la soberanía de la patria ante una imaginaria amenaza externa está presente en su a veces ininteligible y procaz léxico.

 Para ejecutar su política, el oclócrata cuenta, además, con comités de defensa, milicias populares, grupos de irregulares armados o no y, en fin, cualquier mecanismo que haga sentir a la muchedumbre que ella es la que manda.

 En fin, en la oclocracia la legitimidad que otorga la muchedumbre está corrupta, porque carece de la racionalidad del pueblo, ese conjunto de ciudadanos conscientes de su situación y de sus necesidades y que cuentan con una voluntad formada y preparada para la toma de decisiones y para ejercer su poder de legitimación de forma plena, como dijera J. J. Rousseau.

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CARLOS J. SARMIENTO SOSA |  EL UNIVERSAL

jueves 17 de julio de 2014  12:00 AM